domingo, 4 de marzo de 2012

Otoño



Era una tarde de otoño, el atardecer empañaba el cielo. Los tonos rojos, naranjas, amarillos... se parecían a los de las hojas de ese árbol, aquel que ella miraba asombrada. Veía caer las hojas con tal entusiasmo como el niño que por primera vez ve la nieve. Esa cara. Esos ojos. Esa mirada... Allí estaba ella y allí estaba yo, mirándola, mas atontado aun. De pronto ella se dio cuenta que le observaba y giró su cabeza hacia mi. Esos ojos se quedaron en mi mente. Nunca los olvidaré. Brillantes y preciosos. Claros y cristalinos; llenos de sentimientos. En ese momento algo me produjo escalofríos. Su mirada. Yo no dejaba de observarla y de repente todo quedó en silencio y solo pude escucharla decir:
-¡Te quiero!
De pronto me besó en la mejilla y, entre risas, se volvió para seguir admirando el atardecer junto a la caída de las pocas hojas que quedaban en el árbol. En ese instante tuve una sensación rara, diferente. Sentí un hormigueo en mi interior, algo distinto. -¡como mariposas en el estómago!-.pensé. Entonces la agarré y mirándole fijamente a los ojos le dije:
-¡Yo también te quiero!-. Y la besé
La última hoja del árbol cayó. La recogí, se la di y le susurré:
-Este será nuestro árbol.
Ella me besó.
Jamás olvidaré ese día.

5-Noviembre-2009

pmsalinas

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